Una historia sencilla como la vida misma

El Ventanal donde se quedó la cabra

Esta historia que os voy a contar sucedió un frío día de finales de noviembre de 1980, cuando asomaban los primeros ramalazos del invierno. Los puertos de montaña estaban cerrados o con cadenas y un frío polar calaba hasta los huesos. Con estos antecedentes, el grupo de montaña de Stadium Casablanca, de Zaragoza, madrugamos un domingo para ir a Rodellar, pueblo de la Sierra de Guara, habitado en aquellas fechas por tres familias, para hacer la travesía del Barranco de Mascún.

 

Al llegar a Rodellar empezamos, como hacemos siempre, a preparar la mochila con los efectos indispensables para la excursión que pretendíamos hacer. Estando en estas lides se nos acerca un pastor y nos dice:

- ¡Hombre!, pues con esas cuerdas que llevan ustedes ya me podían bajar la cabra.

- ¿Qué cabra? - dijimos

- La que se me quedó en una piedra hace unos días - nos explicó - Verán... un perro me la asustó y ahora está en un sitio que ni puede subir ni bajar. Está cerca del "ventanal"... ya saben... ahí mismo en bajando la cuesta.

- Ah sí, ya conocemos el "ventanal". En fin, haremos lo que podamos, si se ve... - dijimos poco convencidos.

- Sí que se ve - afirmó - está atascada la pobrecica. Si me la traen yo sabré agradecérselo.

 

Con estos pensamientos salimos de Rodellar por el ancho camino que desciende hasta el río. Se bromeó acerca de la cabra pero en la mente de todos latía la idea de rescatarla. Cruzamos la "surgencia de Mascún" y seguimos el curso del barranco para pasar por la "Ciudadela" y la "Cuca Bellostas", adentrándonos hasta cerca de los "oscuros de Otín". La travesía transcurrió felizmente, pasando frío y dificultades pero con entusiasmo y alegría, hasta que al regreso, al pasar nuevamente por el "ventanal" divisamos el bicho que, al vernos pasar, baló en demanda de auxilio.

- ¿La ves? - dijo Maite Llamas - Está ahí arriba, ahora mueve la cabeza.

- ¡Qué frío debe estar pasando! - observó su hermana Belén.

 

En efecto, al borde de un cortado y sobre unas paredes totalmente verticales, balaba el animal, de hambre y de frío. Su innato sentido de la supervivencia le hizo pedir ayuda con su monótono "beeee..."

 

No hacía falta nada más para decidir subir a rescatarla. Eran las cuatro de la tarde y el sol empezaba a ponerse detrás de los impresionantes muros verticales del barranco. La piedra se quedaba fría y un viento helador azotaba manos y cara de cuantos allí nos encontrábamos.

Se ascendió hasta el ventanal desde donde se podía divisar, unos cuantos metros más abajo, la plataforma donde se encontraba nuestra cabra. Se extendieron las cuerdas y dos compañeros, Ignacio y Elvira, descendieron hasta dicha cornisa.

Lo que le costó a Ignacio convencer a la cabra de que lo mejor para ella era dejarse atar él nos lo podrá contar algún día. Lo que sucedió es que, al fin, se le ató un cordino y comenzó la operación rescate.

 

- ¡Iza la cabra! - gritó Ignacio.

- ¡Tensa la amarilla! - sugirió Ignacio Cabrera que, en su afán de fotografiar la operación, se acercó peligrosamente al cortado.

- ¡Sube a Elvira! - ¡Tensa la cabra! - ¡Asegura la roja! - fueron las frases cortas pero tajantes del momento.

 

La izada resultó lenta pero segura. Ignacio tuvo que elevar a pulso la cabra cuando se enganchaba en los salientes rocosos de la pared hasta conseguir que llegara hasta donde Pepe Cubero aseguraba la operación.

 

Sólo quedaba descender al camino, subir a Rodellar y devolverle la cabra a Tomás Moncasi, de Casa Tendero, que así se llamaba el pastor.

- Les he dicho que se lo agradecería y lo voy a hacer - dijo, intentándo darnos una cantidad de dinero.

- Oiga, Tomás, que esto no lo hacemos por dinero. Gracias pero no queremos nada.

- Pues como tienen que comer todavía, ¿no?, suban a mi casa y les voy a sacar unas botellicas de mi vino.

 

En casa de Tomás - hoy Bar Florentino - alrededor de unos leños encendidos en la cadiera, se brindó por todas las cabras y los pastores y los montañeros del mundo. El vino de Tomás era su profundo agradecimiento. El buen vino de un hombre sencillo para otras personas sencillas que sintieron crisparse las manos en la fría pared, para salvar la vida de una cabra que un perro asustó.