El Posets en diez horas.

Macizo de Posets y Llardana

Al año siguiente nos costaría 6 horas, los militares lo hacían en 5 y media y Manolo Martín llegó a hacerlo en 4 y media. Pero este no es el libro de los records y lo que trato es de relatar una ascensión al Posets (3.375 mt) llevando sesenta chavales de 14 y 15 años y del que no sabíamos nada más que... ¡el pico es ese que tenemos ahí arriba!.

 

Eran las cuatro de la mañana cuando seis monitores del campamento Virgen Blanca, en Gistaín, (Miguel A. Loriente, Quico Lacambra, Jose L. Melendo, José M. Velilla, Pablo Alvarez y quien lo relata) nos disponíamos a sacar adelante esta misión. El momento fue duro pero el objetivo merecía la pena. Los acampados no comprendían muy bien, en aquel momento, que iban a ser protagonistas de una hazaña montañera: subir el Posets, segundo pico del Pirineo y, además, sin conocer el camino.

 

Nuestros veintitantos años nos daba moral. La compañía de Miguel A. Loriente y Quico Lacambra, confianza. El clero, representado por el padre Jorge Puig, fortaleza de espíritu. Lucìa una noche maravillosa. Ni una nube, viento en calma y ambiente fresco. Lo ideal para hacer montaña. La fecha: el 18 de julio de 1967.

 

Una vez que estuvimos todos preparados - eran las cinco de la mañana - iniciamos la subida por la senda de la margen derecha del Cinqueta de Agnes Cruces hasta llegar al puente de cemento que ayuda a cruzar el barranco que baja de Millares.

 

Breve parada para quitarnos algo de ropa y seguir, por intuición, hasta la base del pinar del Clot. Ascendimos por unos trazos de senda hasta que superamos la zona boscosa. Entonces Miguel Angel dió su opinión de por dónde debíamos seguir, que era, justo, por donde no se debe subir, aunque esto lo aprendimos años más tarde. De esta guisa ascendimos hasta el primer glaciar que cuelga del Espadas o Llardaneta para cruzarlo sin perder altura, lo que nos situó al pie de una chimenea algo inclinada y único recurso para seguir adelante. Llevábamos ya cinco horas de marcha y estábamos a unos 2.500 metros de altura.

 

Faltaban casi 900 metros de desnivel y ante nosotros esa aterradora chimenea de piedra suelta. No había otra salida así que "a lo hecho, pecho" y tras casi una hora de sufrimientos y gritos de ¡piedra va!, aparecimos en la base del glaciar del Posets. Eran las once de la mañana y el padre Puig pensó que era un buen momento para dar gracias a Dios por haber llegado hasta allí sin ningún percance, celebrando una Eucaristía a 3.000 metros de altura.

 

Terminada la "acción de gracias" y tras reponer fuerzas con un energético almuerzo, Miguel Angel tomó nuevamente las riendas de la marcha y pretendió que subiéramos a la cima, ya cercana, por el corredor Jean Arlaud, cosa que no consiguió, como era natural. Hubo que descender por el glaciar unos metros, - algunos más de "unos metros" pero en contra de su voluntad - para acercarnos al espolón rocoso que desciende desde la arista cimera para superar un resalte mediante una cuerda fija, encima de una peligrosa rimalla. Todas estas operaciones, con más de sesenta detrás, suponía, además del riesgo, emplear más de una hora en superar unos pocos metros de pared.

 

Por el espolón y tras patear unas sueltas pedrizas, seguimos ascendiendo hasta la cresta del Posets, alcanzando la cima casi a las tres de la tarde.

 

Arriba, en una mezcla de alegría, fatiga y emoción, permanecimos más de una hora. El día era espléndido. La vista abarcaba todo el Pirineo Aragonés, desde Aneto y las Maladetas, hasta las tres sorores (Perdido, Cilindro y Soum de Ramond). Muy cerquita teníamos los Batouas, Machimala y Punta Sabre. En la lejanía se adivinada la silueta del Vignemale. El campamento se observaba 1.700 metros por debajo de nosotros.

 

Firmas en el libro del Posets, nombramiento de los "caballeros de los tresmil" a todo aquel que alcanzaba esta cota por vez primera, fotografías y contemplación del inmenso panorama.

 

Eran las seis de la tarde cuando hacíamos la primera comida fuerte del día en el glaciar, ya en descenso. Por el barranco de Puyaresto llegamos al Clot que cruzamos por la vía directa. A las nueve y media de la noche - tras 16 horas y media de caminata - llegamos a la pradera del Campamento, rotos de puro cansados pero satisfechos de haber sido capaces de vencer a un gigante de la montaña con nuestro propio esfuerzo.

 

Había que descansar porque al día siguiente teníamos la inauguración oficial del Campamento en Gistaín.